sábado, julio 04, 2009

“El Espiritu da testimonio"”.

POR EL ÉLDER BOYD K. PACKER

Del Consejo de los Doce.


Fue hace un año exactamente, en una asamblea solemne, que tuvimos el privilegio de levantar nuestras manos para sostener a las Autoridades de la Iglesia, de la misma forma que lo hemos hecho esta mañana. Fue en esa mañana de abril que escuché mi nombre al ser presentado para vuestro sostenimiento como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. Recayó sobre mí la obligación de permanecer junto con los otros hombres que habían sido llamados como testigos especiales del Señor Jesucristo sobre la tierra.

Quizás os habréis preguntado, como yo lo he hecho, por qué debía venirme a mí este llamamiento. A veces parecía cosa accidental el haber recibido ayuda para mantenerme digno; sin embargo, siempre prevalecía en mí el sentimiento constante, tranquilo, de que era guiado y preparado.

Esta mañana ha sido nuestro privilegio levantar nuestras manos para sostener al Presidente de la Iglesia. Considero eso como un gran privilegio y una obligación especial, ya que poseo un testimonio sobre él.

Unas semanas antes de la reunión efectuada en el mes de abril pasado, salí de la oficina un viernes por la tarde pensando en la asignación que tenía para la conferencia ese fin de semana. Esperé que el ascensor bajara del quinto piso; al abrirse lentamente las puertas del mismo, vi que se encontraba ahí el presidente José Fielding Smith. Por un momento me sorprendí al verlo, ya que su oficina se encuentra un piso más abajo.

Al verlo bajo el marco de la puerta, me sobrevino un poderoso testimonio; he ahí el Profeta de Dios. Esa dulce voz del Espíritu que es semejante a la luz que tiene algo que ver con la inteligencia pura, me afirmó que éste era el Profeta de Dios.

No es necesario tratar de definir esta experiencia a los Santos de los Ultimos Días; esa clase de testimonio es característica de esta Iglesia. No es algo reservado para los que ocupan altos puestos; es un testimonio que no solamente está disponible sino que es vital para cada miembro. Y así como es con el Presidente, así es con sus consejeros.

Al norte de donde nos encontramos, en la cordillera de Wasatch, se encuentran tres grandes montañas. El poeta las describiría como poderosas pirámides de piedra. La del centro, la más alta de las tres, el mapa la identifica como Willard Peak, pero los pioneros la llamaban "La Presidencia". Si algún día llegaréis a pasar por Willard, mirad hacia el este, y en lo alto, muy alto, se encuentra "La Presidencia."

Gracias a Dios por la Presidencia. Al igual que esas cumbres, sólo los cielos están por encima de ellos. Ellos necesitan nuestro voto de apoyo; algunas veces hay soledad en esos sublimes llamamientos de dirección, ya que no son para complacer al hombre, sino al Señor. Dios bendiga a estos tres hombres ilustres y buenos.

Ocasionalmente, durante el año pasado, se me ha hecho una pregunta. Por lo general, parece una pregunta curiosa, casi vana, acerca de las cualidades que se requieren para ser un testigo de Cristo. La pregunta que hacen es: "¿Lo ha visto?"

Esta es una pregunta que nunca le he hecho a nadie. No se la he hecho a mis hermanos en el Quórum, pensando que sería tan sagrada y personal que una persona tendría que tener alguna inspiración especial, verdaderamente cierta autoridad, siquiera para hacerla.

Hay algunas cosas demasiado sagradas para discutirse. Sabemos esto en lo que concierne a los templos. En ellos se efectúan ordenanzas sagradas, se goza de experiencias sagradas; y no obstante, a causa de la naturaleza de las mismas, no las discutimos fuera de esas paredes. No es que sean secretas, sino sagradas; no se deben discutir, sino resguardar, proteger y considerar con la más profunda reverencia.

He llegado a saber lo que el profeta Alma quiso decir: ". . . A muchos les es concedido conocer los misterios de Dios; sin embargo, se les impone un mandamiento estricto de no impartir sino de acuerdo con aquella porción de su palabra que él concede a los hijos de los hombres, y de acuerdo con el cuidado y la diligencia que le rinden. "Por tanto, el que endurece su corazón recibe la menor porción de la palabra; y el que no endurece su corazón, la mayor parte, hasta que le es concedido conocer los misterios de Dios al grado de entenderlos completamente" (Alma 12:9-12).

Hay personas que escuchan los testimonios de aquellos que ocupan altos puestos en la Iglesia, así como de los miembros en los barrios y ramas, todos ellos usando las mismas palabras: "Sé que Dios vive; sé que Jesús es el Cristo," y hacen la pregunta, "¿Por qué no puede decirse en palabras más sencillas? ¿ Por qué no son más explícitos y descriptivos? ¿No pueden los apóstoles decir más?"

De la misma manera que la sagrada experiencia en el templo, esto se convierte en nuestro testimonio personal. Es sagrado, y cuando nos acostumbramos a ponerlo en palabra, lo decimos en la misma forma, todos usando las mismas palabras. Los apóstoles lo declaran en las mismas frases que los pequeños de la Primaria o el joven de la Escuela Dominical. "Yo sé que Dios vive, y sé que Jesús es el Cristo."

Haríamos bien en no menospreciar los testimonios de los profetas ni los de los niños, porque "él comunica su palabra a los hombres por medio de ángeles; sí, no sólo a los hombres, sino a las mujeres también. Y esto no es todo; muchas veces les son dadas palabras a los niños que confunden al sabio y al instruido" (Alma 32:23).

Algunas personas esperan que el testimonio se dé de una manera nueva, dramática y diferente. Expresar un testimonio es similar a una declaración de amor. Desde el principio del tiempo, los románticos, los poetas y las parejas enamoradas han buscado formas más impresionantes de decirlo, cantarlo o escribirlo.

Han utilizado todos los adjetivos, todos los superlativos y toda forma de expresión poética. Y después que todo se ha dicho y hecho, la declaración más poderosa es la sencilla variedad de dos palabras.

Para aquel que busca honradamente, el testimonio expresado en estas frases sencillas es suficiente, ya que es el Espíritu el que da testimonio, no las palabras.

Existe un poder de comunicación tan real y tangible como la electricidad. El hombre ha inventado el medio de enviar por el aire imágenes y sonidos que son captados por una antena y de esta manera se puedan reproducir, oír y ver. Este otro tipo de comunicación puede compararse a ese, excepto que es un millón de veces más poderoso, y el testimonio que brinda es siempre la verdad.

Existe un método del cual puede emanar la inteligencia pura, mediante el cual podemos llegar a tener seguridad, sin dudar en nada.

Dije que había una pregunta que no puede tomarse a la ligera ni contestarse sin la inspiración del Espíritu. No he hecho esa pregunta a otros, pero los he oído contestarla, aunque no cuando se les preguntó. La han contestado bajo la inspiración del Espíritu, en ocasiones sagradas, cuando "el Espíritu da testimonio" (D. y C. 1:39).

He oído a uno de mis hermanos declarar: "Sé por experiencias, demasiado sagradas para contarlas, que Jesús es el Cristo." He oído a otros testificar: "Sé que Dios vive; sé que el Señor vive. Y más que eso, conozco al Señor."

No fueron sus palabras las que encerraron el significado o el poder, fue el Espíritu. ". . . porque cuando uno habla por el poder del Espíritu Santo, el poder del Espíritu Santo lo lleva al corazón de los hijos de los hombres" (2 Nefi 33:1).

Hablo con humildad sobre este tema, con el constante sentimiento de que yo soy el menor en todo aspecto de aquellos que son llamados a este sagrado puesto.

He llegado a saber que el testimonio no se adquiere por medio de señales; se adquiere mediante el ayuno y la oración, por medio de la actividad, la prueba y la obediencia; se logra al sostener a los siervos del Señor y seguirlos.

Karl G. Maeser(l) conducía a un grupo de misioneros a través de los Alpes. Al llegar a la cima, se detuvo. Señalando hacia el rastro que dejaban con unos palos clavados en la nieve para marcar el camino a través del glacial, dijo: "Hermanos, he ahí el sacerdocio. Son solamente palos comunes como el resto de nosotros... pero el puesto que poseen los convierte en aquello que significan para nosotros. Si nos apartamos del sendero que marcan, estamos perdidos."'

El testimonio depende del sostenimiento de los siervos del Señor como lo hemos hecho aquí por una señal, y como debemos hacerlo con nuestras acciones.

Ahora, me pregunto junto con vosotros por qué uno como yo ha sido llamado al Santo Apostolado. Carezco de tantas cualidades; es tanto lo que me falta en mi gran esfuerzo para servir. Al meditar en ello, he llegado solamente a una conclusión sencilla, una cualidad en la cual puede haber una causa, y es que tengo ese testimonio.

Os declaro que sé que Jesús es el Cristo; sé que vive; nació en el meridiano de los tiempos, enseñó su Evangelio, fue probado y crucificado. Se levantó en el tercer día; fue las primicias de la resurrección. Tiene un cuerpo de carne y huesos. De esto testifico. De El soy un testigo. En el nombre de Jesucristo. Amén.


miércoles, mayo 27, 2009

Consejos Familiares (parte 2)


por M. Russell Ballard en "El Divino Sistema de Consejos"

Cuando los miembros de una familia empezaron a darse cuenta de que su hogar estaba siendo invadido por la conten­ción, convocaron un consejo familiar para tratar la situación. "Empecé por explicar lo que había observado y cómo me sen­tía al respecto", dijo el padre. "Mi esposa hizo lo mismo y, des­pués, cada uno de los siete hijos que todavía quedaban en casa, del mayor al menor, tuvo la oportunidad de expresar sus senti­mientos".

Los padres comprendieron que desde que sus hijos mayores habían salido del hogar, uno de ellos por haberse casado y otro para ir a la universidad, una injusta carga de responsabilidad había recaído sobre los dos hijos mayores de los que quedaban en la casa. Las deliberaciones del consejo resultaron en una dis­tribución más equitativa de responsabilidades entre los hijos, así como una significativa reducción en los niveles de frustración de la familia.

Algo similar sucedió en otra familia de siete hijos. "Como es fácil de imaginar, en una casa con siete hijos a menudo me frus­traban los problemas cotidianos", dijo la madre. "De vez en cuando me sentía abrumada y luego me desanimaba. Esos sen­timientos siempre pasaban, pero me preguntaba si acaso llegarí­amos a progresar hasta un día poder ser el tipo de familia que considerábamos que debíamos ser".

Entonces los padres oyeron a una Autoridad General ense­ñar que el consejo básico de la Iglesia es el consejo familiar.

"Esto me impresionó muchísimo", dijo la madre. "Después de hablarlo con mi marido, decidimos empezar a efectuar conse­jos familiares en nuestro hogar. Se lo explicamos a nuestros hijos y comenzamos a llevar a cabo consejos todos los domin­gos por la noche.

"Me sorprendieron muy favorablemente los resultados que hemos tenido", continuó diciendo la hermana. "Uno por uno, empezamos a hacer frente a los problemas que veíamos en nues­tra familia. De ninguna manera nos consideramos ahora perfec­tos, pero por primera vez estamos empezando a ver progresos. Y cuando se presenta algún problema nuevo, simplemente me escribo una nota, como lo hacen los demás miembros de la familia, las cuales llevamos a nuestra próxima reunión de con­sejo para tratarlos".


Demasiado a menudo se efectúan consejos familiares sola­mente cuando los padres consideran que hay problemas y cuando piensan que tienen todas las respuestas. De la misma manera que erran algunos presidentes y obispos en otros consejos de la Iglesia al pensar que es su responsabilidad hallar todas las soluciones a los problemas que enfrentan sus respecti­vas organizaciones, los padres se privan de una valiosa inspira­ción si deciden no dar la debida consideración a las ideas que sus hijos aportan al consejo familiar. Recuerden que aun cuando los hijos nunca tienen el derecho de ser irrespetuosos con sus padres, sí lo tienen de que se les escuche. Ellos necesitan un ambiente calmo en donde se puedan tratar reglas y principios que ellos no entiendan y en donde se les preste atención. El con­sejo familiar crea el marco ideal para una comunicación prove­chosa. Las reglas y las normas familiares serán mucho mejor aceptadas y seguidas si se da a todos los miembros de la fami­lia la oportunidad de participar y de acordar en cuanto a ellas.


Un matrimonio estaba muy preocupado porque una de sus hijas adolescentes se rodeaba de amistades cuyos valores eran muy diferentes a los enseñados por la familia y la Iglesia. Les inquietaba particularmente la relación que se estaba desarro­llando entre su hija y un joven de dudosa reputación. Trataron de combatir la situación tan adversa que acechaba a su hija imponiendo una serie de nuevas reglas familiares, amenazas y medidas disciplinarias. Pero todo eso sirvió sólo para acrecen­tar la tensión y la contención en el hogar.

Finalmente, los padres decidieron formar un consejo fami­liar especial integrado por ellos dos y su hija mayor, quien tenía un año más de edad que la que estaba pasando momentos difí­ciles. "Los tres lloramos al compartir sentimientos de amor mutuo y temores en cuanto a la dirección en que parecía enca­minarse nuestra segunda hija", dijo el padre. "Nuestra hija mayor sugirió respetuosamente que debíamos dejar de criticar a las amistades de su hermana porque corríamos el riesgo de ale­jarla de nosotros. Recomendó que creáramos un ambiente más amigable en nuestro hogar que alentara a nuestra otra hija a traer a sus amigos a la casa, en donde quizás podríamos ser una buena influencia también para ellos".

Después de mucho pensar, ayunar y orar, el consejo familiar especial formuló un plan: tratarían de ser lo más positivos posi­ble y se esforzarían por descubrir los aspectos buenos en las amistades de su hija. "Queríamos ser amigos de sus amigos a fin de que ellos no se mostraran tan inclinados a influir en nues­tra hija para que nos resistiera", agregó el padre. "También la animamos a que invitara a sus amigos a venir a nuestra casa a menudo. De esa manera podríamos observarlos más de cerca, permitiéndole a ella, al mismo tiempo, satisfacer sus necesida­des sociales".


El consejo familiar especial también decidió invitar a los misioneros regulares a cenar más seguido. "A medida que nues­tra hija fue conociendo mejor a los misioneros y confiando más en ellos, resultó natural y lógico que nosotros le sugiriéramos que ella invitara a sus amigos a escuchar las charlas misionales", dijo el padre. "La felicitamos haciéndole saber que era la única misionera activa en nuestra familia ya que nadie más que ella tenía amigos que no eran miembros de la Iglesia a quienes poder presentarles el mensaje del Evangelio".

Las experiencias misionales resultantes fueron surtidas. Cuando los misioneros le enseñaron a la mejor amiga de la joven, dijeron que fueron algunas de las lecciones más espiritua­les que jamás habían dado. Cuando le enseñaron al muchacho, sin embargo, las charlas no fueron muy bien recibidas. Pero aun eso tuvo un resultado positivo en lo concerniente a la familia. "A las dos o tres semanas advertimos que el joven dejó de venir y de llamar", comentó el padre. "Más adelante nos enteramos de que estaba diciéndoles a otras personas que nuestra familia era demasiado `mormona' para él".

Esos buenos padres dicen que la sugerencia de su hija mayor en aquel consejo familiar especial fue lo que mantuvo unida a la familia. "Estamos muy agradecidos de que el Espíritu del Señor haya obrado a través de ella en favor de nuestra familia".

Y muy sabios fueron esos padres en prestar más atención a las ideas y los sentimientos expresados por su hija en aquel con­sejo familiar especial.