miércoles, mayo 07, 2008

'LA PROLONGADA NOCHE DE APOSTASIA UNIVERSAL"


por Rudver B. Hermosa Camacho, Popayán, Colombia

Para aventurarnos en un tema tan poco estudiado por las organizaciones religiosas,
definiremos claramente lo que ésta palabra significa. El diccionario la define como: "el
abandono de una creencia (política o religiosa) o los cambios que la invalidan". De
acuerdo a esta definición es necesario que se abandone o se aparte de una creencia, para
de esta manera considerarse como apostasía. Es curioso observar que todos los partidos
religiosos existentes han abandonado creencias básicas y determinantes del Evangelio,
enseñadas en la Biblia y que el mismo Salvador en su ministerio terrenal enseñó
devotamente en los polvorientos caminos de Palestina. Esta apostasía se ha venido
produciendo gradualmente desde hace ya mucho tiempo.
LA APOSTASÍA DEL ANTIGUO ISRAEL
Desde la antigüedad, el pueblo de Israel a quien el Señor había escogido para concertar
los convenios de exaltación y de vida eterna se alejaba cada vez más por senderos
prohibidos en señal de una profunda rebelión contra Él. En los primeros años de la
existencia humana se vislumbra como se van apartando de los mandamientos. El
ejemplo más claro es el de Caín quien con astucia y engaño quitó la vida de su hermano
Abel, oponiéndose de esta manera a los propósitos del Señor, y que decir de su
generación la cual obviamente se alejaría de su Dios (véase Gen 4:23-24). En los
mismos días en que vivió Noé los hombres andaban alejados del Evangelio que se les
había enseñado, veamos lo que dice Génesis 6:5: "7 vio Jehová que la maldad de los
hombres era mucha en la Tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón
de ellos era de continuo solamente el mal". Y vino entonces el diluvio y acabó con toda
criatura de sobre la faz de la tierra; solo ocho personas, es decir, la familia de Noé se
salvó. Pero no pasó mucho tiempo y el hombre nuevamente se aparta de los convenios
del Evangelio. En la Biblia en Génesis 11:4 se hace mención a que los hombres
construyeron una torre: "...cuya cúspide llegue al cielo..." Esto al parecer disgustó a
Dios quien dijo: "...y han comenzado y nada los hará desistir de lo que han pensado
hacer, ahora pues descendamos y confundamos allí su lengua... y así los esparció
Jehová... sobre toda la faz de la tierra... ".
Aunque hace falta una explicación más clara y detallada de lo que realmente pasó
podemos ver que el hombre actuaba contrario a lo que el Señor mandaba, apartándose
cada vez más de las enseñanzas dadas por los profetas antiguos. Y ni que decir del
pueblo de Israel, después de haber estado en cautiverio en Egipto por más de
cuatrocientos años, por fin había llegado el momento de la liberación y el Señor había
elegido a Moisés para dicha misión; los israelitas ya comenzaban a endurecer su
corazón en contra de Él. Murmurar parece haber sido un rasgo dominante en la
naturaleza de los israelitas y raíz de muchos de los problemas que enfrentaron (véase
Éxodo 15:24).
Una vez que fueron liberados del yugo egipcio siguieron rebelándose de cuando en
cuando contra su director y líder. (Véase Éxodo 16:2-3, 17,3-4).
Luego Israel recibe el nuevo pacto que vendría por conducto de Moisés, pero, "...viendo
el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte (Sinaí) se acercaron entonces a
Aarón y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros... entonces
se hizo un becerro de fundición y dijeron: Israel, estos son tus dioses que te sacaron de
la tierra de Egipto... "(Ver Éxodo 32:1-4).
En respuesta a la vil actitud de este pueblo, el Señor dijo a Moisés: "Anda, desciende,
porque tu pueblo se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les
mandé... he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz... "(Véase
Éxodo 32:7-9).
Con esto queda demostrado que el antiguo pueblo de Israel estaba en una condición de
apostasía a pesar de los prodigios y maravillas que el Señor había hecho a su favor. En
el discurso final de despedida Moisés les advierte que cuando ellos se aparten del Señor
su Dios: "...Jehová os esparcirá entre todos los pueblos y quedareis pocos en número
entre las naciones a las cuales os llevará Jehová... "(Véase Deuteronomio 4:27).
Moisés no se hacía ilusiones en cuanto al tiempo que Israel permanecería obediente.
Aquí proféticamente previo uno de los temas más comunes del Antiguo Testamento: la
dispersión de Israel por causa de su iniquidad y también la gran congregación que
ocurriría en "los postreros días". En la época de los jueces, el pueblo escogió el mal
adorando dioses falsos, y el Señor permitió que cayeran en manos de sus enemigos.
Entonces en esas circunstancias el Señor levanta jueces para sacarlos del cautiverio.
Pero tan pronto como muere el primer juez, Israel se vuelve a otros dioses y el ciclo
comienza nuevamente. (Véase Jueces 2:14-23). Aún en la época de Josué su generación
permaneció fiel a Dios (véase Josué 24:31), pero la apostasía espiritual se produjo
pronto en la generación siguiente: "Y se levantó después de ellos otra generación que no
conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel. Dejaron a Jehová el Dios
de sus padres... y se fueron tras otros dioses... a los cuales adoraron y provocaron a ira
a Jehová " (Jueces 2:10,12).
Posteriormente a través de los profetas el Señor amonestó a Israel por haberlo dejado a
él fuente de toda rectitud. En Jeremías 2:5-6, 8,13 dice: "Así dijo Jehová: ¿Qué maldad
hallaron en mí vuestros padres que se alejaron de mí, y se fueron tras la vanidad y se
hicieron vanos... los sacerdotes no dijeron: ¿Dónde está Jehová? Y los que tenían la ley
no me conocieron, los pastores se rebelaron tras lo que no aprovecha porque dos males
ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí fuente de agua viva y cavaron para sí cisternas,
cisternas rotas que no retienen agua...".
Muchos años después también el profeta Amos nos deja ver lo universal que iba a ser
esta desviación de la verdad, de esta forma podemos comprender las varias profecías de
los videntes de la antigüedad: "He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales
enviaré hambre en la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra
de Jehová. E irán errantes de mar a mar, desde el norte hasta el oriente discurrirán
buscando palabra de Jehová y no la hallarán" (Amos 8:11-12).
El profeta Miqueas vio el día en que no habría "respuesta de Dios ", describió la
condición apóstata de Israel en estos términos: "Así ha dicho Jehová acerca de los
profetas que hacen errar a mi pueblo y claman: Paz, cuando tienen algo que comer, y
al que no les da de comer, proclaman guerra contra él. Por tanto de la profecía se os
hará noche y oscuridad del adivinar, y sobre los profetas se pondrá el sol y el día se
entenebrecerá sobre ellos. Y serán avergonzados los profetas y se confundirán los
adivinos y ellos todos cerrarán sus labios, porque no hay respuesta de Dios... sus jefes
juzgan por derecho y sus sacerdotes enseñan por precio y sus profetas adivinan por
dinero, y se apoyan en Jehová diciendo: ¿No está Jehová entre nosotros? No vendrá
mal sobre nosotros... "(Miqueas 3:5-7,11).
Isaías tuvo una visión parecida de lo que iba a acontecer: "He aquí que Jehová vacía la
tierra y la desnuda, y trastorna su faz y hace esparcir a sus moradores. Y sucederá así
como al pueblo, también al sacerdote; como al siervo, así a su amo; como a la criada,
a su ama; como al que compra, al que vende; como al que presta, al que toma
prestado; como al que da logro, así al que lo recibe. La Tierra será enteramente
vaciada y completamente saqueada; porque Jehová ha pronunciado esta palabra. Se
destruyó, cayó la Tierra; enfermó, cayó el mundo; enfermaron los altos pueblos de la
Tierra. Y la Tierra se contaminó bajo sus moradores porque traspasaron las leyes,
falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno..." (Isaías 24:1-5).
Este vidente comprendió que el desagrado del Señor caería sobre los habitantes de la
Tierra; en otra de sus poderosas visiones declaró: "Porque he aquí que tinieblas
cubrirán la Tierra y oscuridad las naciones... (Isaías 60:2). "Porque Jehová derramó
sobre vosotros espíritu de sueño, y cerró los ojos de vuestros profetas y puso velo sobre
las cabezas de vuestros videntes..." (Isaías 29:10).
Así podemos ver que el antiguo Israel en distintos tiempos y estaciones: "Hicieron
pues... lo malo ante los ojos de Jehová y olvidaron a Jehová su Dios y sirvieron a los
baales y a las imágenes de Asera... "(Jueces 3:7).
"...Y por cuanto dejaron el pacto de Jehová... que él concertó con ellos cuando los saco
de la tierra de Egipto... "(Deuteronomio 29:25).
Cambiaron las prácticas y creencias que se les había enseñando inicialmente,
apartándose y alejándose cada vez más del Dios en el que debieron haber puesto su
confianza. (Véase 1 Reyes 12:25-33; 2Crónicas 11:13-15).
Podríamos seguir con una lista enorme de citas bíblicas donde se aprecia claramente que
la nación que una vez fuera favorecida sobre los demás pueblos de la Tierra ya no podía
seguir siendo fiel y obediente, le costaba mucho trabajo hacerlo. Todo esto trajo
enormes consecuencias que perduran hasta nuestros tiempos. Es muy evidenciable la
apostasía que desde las primeras edades de la Tierra se ha cernido sobre la humanidad
por motivo de haber olvidado a su Dios. Los antiguos escritos así lo afirman, existió, y
existe de alguna forma una apostasía hasta nuestra época. No podemos cerrar nuestros
ojos a estas verdades y andar como guías ciegos tratando de guiar a otros ciegos.
APOSTASIA DE LA IGLESIA PRIMITIVA DE CRISTO LA IGLESIA QUE
ESTABLECIÓ EL SALVADOR
Es una creencia común de todos los partidos religiosos que profesan el cristianismo el
hecho de que Jesús el Cristo estableció Su Iglesia divina aquí en la Tierra durante su
ministerio entre los hombres. El vino en una época de relativa paz. El mundo religioso
se encontraba dividido en dos grandes grupos: los paganos de diferentes sectas y los
judíos. Estos eran los únicos que aún conservaban imperfectamente la adoración al gran
Jehová; y aún entre ellos existía la división, siendo los grupos principales los fariseos,
los saduceos y los esenios. Otro grupo eran los samaritanos entre quienes existía
también una mezcla de filosofías judías y paganas.
El Salvador predicó su Evangelio e indicó claramente que la Ley de Moisés en su
totalidad se había cumplido en Él. Trajo consigo una Ley superior, una ley de amor, el
Evangelio de paz y estableció Su Iglesia escogiendo oficiales para dirigirla. Leemos
acerca de los apóstoles, de los setenta, de los elderes o ancianos, de los presbíteros,
maestros y de los diáconos y de los patriarcas o evangelistas; y uno de los miembros de
ese grupo de líderes mas tarde dijo que esos oficiales deberían permanecer en la Iglesia
con el propósito de: "...perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la
edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe..."
(Véase Efesios 4:12-13).
El Maestro escogió a Sus Doce, los nombró y los envió con el mensaje: "...el Reino de
los Cielos se ha acercado". Ellos fueron a las ovejas pérdidas de la Casa de Israel, y
más tarde por medio de la dirección divina también a los gentiles. Se llamó a otros, y los
setenta, después de su primera misión, regresaron dichosos de que, en el nombre de
Jesucristo aún hasta los demonios se sometían a ellos.
Existía un espíritu de unidad entre los miembros, un espíritu de hermandad y
solidaridad; disfrutaron de magníficos dones espirituales. Se efectuaban ordenanzas
sencillas por medio de hombres que poseían la autoridad y habían sido comisionados
para ello. Toda evidencia indicó que quienes participaron en el ministerio apostólico
poseían la autoridad divina para dar a conocer el mensaje del Evangelio y para
administrar los asuntos del reino. Pedro el apóstol de más antigüedad dirigió las
actividades de la recién formada Iglesia.
Analizando un poco la divina organización de la Iglesia que Jesucristo estableció,
vemos que una de las características, entre otras, sería que se hubiera seguido con dicha
organización, que no tuviera sombra de cambio. El primer paso que dio el Señor al
instituir su Iglesia fue llamar a doce apóstoles, para conferirles personalmente la
Autoridad y el poder del Sacerdocio: "Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio
poder y autoridad... y los envió a predicar... "(Lucas 9:1-2). Las ordenanzas y los
principios del Evangelio no se pueden ni se deben administrar ni enseñar sin este poder
y autoridad es decir, el sacerdocio.
El apóstol Pablo enseñó que "... nadie toma para sí esta honra (es decir el sacerdocio)
sino el que es llamado por Dios, corno lo fue Aarón... Así tampoco Cristo se glorificó
así mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo... Tu eres
sacerdote (porque recibió el sacerdocio) para siembre según el orden de
Melquisedec..." (Véase Hebreos 5:4-6). El Padre entonces dio esta autoridad a el
Salvador, no la tomó a sí
mismo o usurpó un poder que no le correspondía, ese es el orden correcto de las cosas.
Esta misma Iglesia se comparó a un edificio que se estableció: "...sobre el fundamento
de los apóstoles y profetas siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo"
(véase Efesios 2:20). Al apóstol Pedro se lo nombro el apóstol principal y se le dieron
las llaves para sellar bendiciones tanto en el cielo como en la Tierra: "Y a ti te daré las
llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y
todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos..."
Jesús llamó a otros líderes del sacerdocio para que ayudaran a los apóstoles en la obra
del ministerio; envío oficiales llamados setenta para ir en parejas a pregonar el
Evangelio: "...designó también el Señor a otros setenta a quienes envió de dos en dos
delante de el a toda ciudad y lugar donde él había de ir... "(Lucas 10:1). Otros oficiales
eran: "...evangelistas... otros pastores y maestros... para la obra del ministerio...
"(Véase Efesios 4:11-12).
La Biblia no nos dice todo acerca del sacerdocio o la organización y gobierno de la
Iglesia; sin embargo gran parte ha sido preservada para mostrarnos la belleza y la
perfección de la organización de la Iglesia. Interesante de recalcar es que se llamó a
líderes locales sobre los cuales los apóstoles presidían. Estos visitaban y escribían cartas
a los líderes de las diferentes "ramas". Debido a ello el Nuevo Testamento contiene
cartas (epístolas) que escribieron los apóstoles Pablo, Pedro, Santiago, Juan y Judas en
las que daban consejo e instrucciones a los líderes locales del sacerdocio.
Los apóstoles enseñaron dos principios básicos del Evangelio: fe en el Señor Jesucristo
y arrepentimiento. Después de que los nuevos conversos tenían fe en el Salvador como
el Hijo de Dios y su Redentor y se habían arrepentido verdaderamente de sus pecados
recibían dos ordenanzas: el bautismo por inmersión y la imposición de manos para
comunicar el don del Espíritu Santo, recordando el mandamiento dado: "...el que no
naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios... "(Juan 3:5).
Con todo lo expuesto anteriormente podemos concluir que existió realmente una
organización de la Iglesia Primitiva del Salvador tal y como El la estableció para darnos
cuenta de que en su gran mayoría las "iglesias cristianas" de hoy a pesar de conservar la
presencia de pastores u obispos, maestros y predicadores promulgan sin embargo la
inoperancia de apóstoles y profetas excluyéndolos de sus respectivas organizaciones
eclesiásticas. Todas estas "iglesias" se hacen sordas a los pasajes bíblicos que
claramente nos enseñan de una sucesión continua de apóstoles (véase Hechos 1:23-26;
13:1-3) que se realizaba en la medida que los primeros iban muriendo.
EL COMIENZO DE LA APOSTASIA
Analicemos en porqué afirmamos que hubo una apostasía después de la muerte del
Señor y de los lideres que Él había escogido.
En el año 44 d.C. se convocó un concilio de los miembros de la Iglesia en Jerusalén,
bajo la dirección de Pedro. De acuerdo con los registros, bajo la inspiración del Espíritu
Santo se corrigieron ciertas discrepancias durante esa conferencia. Después los
apóstoles fueron esparcidos; la persecución de ellos se encarnizó y por lo que se sabe
jamás se volvieron a reunir en una conferencia general de la Iglesia. Las actividades de
Pablo se centraron en Antioquía, pero durante el periodo de los años 68 al 100 D.C, da
la impresión de que la mayoría de los apóstoles originales que tenía la autoridad para
dirigir el reino -o sea dirigir los asuntos de la Iglesia- y tal vez todos, habían dejado esta
Tierra.
A raíz de la muerte de los apóstoles comenzó el rápido desarrollo de una apostasía
universal que se había previsto y predicho como se analizó al inicio.
CAUSAS DE LA APOSTASÍA
Fue una combinación de causas exteriores e interiores lo que llevó a efecto esta grande
apostasía. La más eficaz de estas fuerzas externas desintegrantes fue la tenaz
persecución, la disensión comenzó a infiltrarse y la influencia política se puso de
manifiesto. De acuerdo con los escritores del siglo II, a quienes los lideres religiosos del
momento por lo general no toman en cuenta, las enseñanzas eran bastante ortodoxas
durante el primer siglo hasta la mitad del siglo II después del advenimiento del Maestro.
Uno por uno los apóstoles fueron asesinados y a los que iban quedando, debido a la
persecución que sufrían les era imposible reunirse para escoger y ordenar a otros
hombres para que reemplazaran a los que habían muerto.
El judaísmo fue el primer opresor del cristianismo y llegó a ser el instigador e incitador
de las atrocidades adicionales consiguientes a la persecución pagana. Durante el
reinando de Nerón (comenzando como en el año 64 de nuestra era) se generó la
hostilidad manifiesta y vigoriza de las potencias romanas contra la Iglesia Cristiana,
aserción que, salvo por treguas ocasionales que duraban meses y aún años, continuó
hasta cerca del fin del reinado de Diocleciano (como en el año 305). La inhumana
crueldad y salvaje barbarismo que se imponían a cuantos osaban profesar el nombre de
Cristo durante estos siglos de dominio pagano son hechos aceptados de la historia.
El resultado general de la oposición externa, es decir, de las causas exteriores de la
decadencia de la fe y obras, consideradas en conjunto, se manifestó en la defección de
los miembros con lo cual se motivó una extensa apostasía de la Iglesia.
Grandes cambios se habían puesto de manifiesto. Hay quienes afirman que en esa época
el obispo de Roma se había convertido en la cabeza de la Iglesia. Había muchos obispos
que presidían las congregaciones locales -iglesias como las llamaban- pero ninguno de
ellos
3. Cambios desautorizados en la organización del gobierno de la Iglesia. El pontífice
romano asumió la autoridad secular así como la espiritual y en el siglo XI se arrogo a sí
mismo el titulo de Papa que significa padre, en calidad de gobernante paternal en todas
las cosas. Durante los siglos XII y XIII la autoridad temporal del papa fue superior a la
de los reyes y emperadores y la iglesia romana se convirtió en la despótica soberana de
las naciones y en mayor autócrata que todos los estados seculares. Estos "pastores"
iniciales de la ya supuesta iglesia cristiana pudieron con el tiempo otorgar títulos o
posiciones de mayor autoridad para nombrar arzobispos, cardenales, patriarcas y
pontífices. Nos preguntamos: ¿Qué autoridad estuvo sobre ellos para promocionarlos y
elevarlos a jefes absolutos de sus iglesias? Como cosa ya ultima de este comienzo de la
apostasía quedaron entonces solo iglesias humanas, sin autoridad, donde el obispo de
Roma excomulga al patriarca de Constantinopla y este a su vez excomulga al obispo de
Roma.
SE PREDICE LA APOSTASÍA
Es lógico afirmar entonces después de lo que se ha analizado que la Iglesia de Cristo
cayó en un estado de apostasía, la sucesión en el sacerdocio se interrumpió y la Iglesia
como la organización terrenal que funcionaba bajo la dirección divina y que tenia la
autoridad para oficiar en las ordenanzas espirituales, dejó de existir. Esto lo atestigua la
historia. Pero todo esto había sido profetizado y predicho por los profetas, apóstoles y
aún por el mismo Salvador al ejercer su ministerio entre los hombres. La apostasía había
comenzado en los días de los apóstoles y con frecuencia ellos la mencionaban.
Cuando Pablo se reunió por última vez con los ancianos de Efeso y les dijo: "Porque yo
sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no
perdonarán el rebaño" (Hechos 20:29). Y después de su epístola a los tesalonicenses
dijo: "Nadie os engañe en ninguna manera porque no vendrá (la segunda venida del
Señor) sin que antes venga la apostasía" (véase 2Tesal. 2:3). Igualmente lo hizo saber a
Timoteo: "Porque vendrá tiempo cuando no sufrirá la sana doctrina, sino que teniendo
comezón de oír se amontonaran maestros conforme a sus propias concupiscencias y
apartaran de la verdad el oído y se volverán a las fábulas" (2Timoteo 4:3-4). A los
gálatas, Pablo les habló de la apostasía que se estaba llevando a cabo y se maravilló de
que tan pronto se habían alejado del que los había llamado para seguir un evangelio
diferente. Luego los reprendió por ello y les hizo saber que había un solo plan del
Evangelio. (Véase Gálatas 1:6-8).
Es claro que Pablo pudo profetizar la situación que acompañaría a los que no se habían
convertido verdaderamente al Evangelio cuando dijo: "Pero el Espíritu dice claramente
que en los postreros tiempos algunos apostataran de la fe escuchando a espíritus de
engañadores y a doctrinas de demonios" (1 Timoteo 4:1). Igualmente el apóstol Pedro
habló de: "...falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros
que introducirán encubiertamente herejías destructoras... atrayendo sobre sí mismos
destrucción repentina" (2Pedro2:1).
Ahora haremos una relación bien interesante de las citas bíblicas que se han encontrado
aparte de las ya mencionadas dando más evidencia de la apostasía que se cernió en la
Iglesia Cristiana.
• 1 Corintios 1:10 "Os ruego pues hermanos... que habléis todos una misma cosa...
y que no haya entre vosotros divisiones... porque he sido informado que hay
entre vosotros contiendas... ".
• 1 Corintios 11:18: "...cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros
divisiones... ".
• 2Corintios 2:17: "Pues no somos como muchos, que medran falsificando la
palabra de Cristo...".
• 1 Timoteo 1:6. "...desviándose algunos se apartaron a vana palabrería... ".
• 2Timoteo 1:15: "...que me abandonaron todos los que están en Asia... ".
• 2Timoteo 2:18: "...que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya
se efectuó, y trastornan la fe de algunos... ".
• Tito 1:10,16: "Porque hay aun muchos contumaces, habladores de vanidades y
engañadores, mayormente los de la circuncisión... profesan conocer a Dios, pero
con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes reprobados en cuanto a
toda buena obra".
• 2Pedro 3:17: "...guardaos no sea que arrastrados por el error de los inicuos,
caigas de vuestra firmeza...".
• Apocalipsis 2:2: "... y has probado a los que dicen ser apóstoles, y no lo son, y
los has hallados mentirosos... ".
• Juan 16:2: "Os expulsaran de las sinagogas... más os he dicho estas cosas, para
que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho".
• Marcos 7:6: "...bien profetizó de vosotros Isaías: 'Este pueblo de labios me
honra, más su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran. Enseñando
como doctrinas mandamientos de hombres'".
Ya para finalizar esta revisión sobre la apostasía, diremos que no solamente por medio
de la historia, la cual es bastante clara, sino mediante la profecía, como lo hemos podido
comprobar, se puede concluir que existió una apostasía total de la verdad del Evangelio.
Muchos de los primeros reformadores admitieron ese hecho al combatir contra las falsas
enseñanzas y prácticas de la época. Hombres como Wesley, el fundador del Metodismo;
Roger Williams, el director de la congregación bautista; Williams Smith, autor del
"Smith's Dictionary of the bible" quien de una manera sensata y concluyente en su
tiempo manifestó: "No debemos esperar que la Iglesia de las Santas Escrituras exista
realmente en Su perfección sobre la tierra. No puede hallarse esta perfección en el
conjunto de estos fragmentos de la cristiandad, y menos en uno o cualquiera de dichos
fragmentos... Ninguna iglesia de Cristo debidamente constituida sobre la Tierra, ni
persona alguna autorizada para administrar ninguna de las ordenanzas de la Iglesia, ni
las puede haber hasta que sean enviados nuevos apóstoles por el gran Director de la
Iglesia cuya venida yo busco... ".
Esperamos se haya despertado en el corazón del creyente honrado y verídico consigo
mismo un deseo sincero de buscar anhelosamente esa Iglesia verdadera que una vez
estableció el Señor y como lo declaró el apóstol: "lleguemos a la unidad de la fe y del
conocimiento del Hijo de Dios... "y compartamos todos "un Señor, una fe y un
bautismo" (Efesios4:13,15).
Esa Iglesia existe en la actualidad con la misma organización que el Salvador mismo
estableció, con las mismas enseñanzas y mandamientos que El dio. ¡Que gozo tan
inmenso, que alegría tan sublime es poder pertenecer a ella! se llena de luz y armonía el
camino, se fortalecen las metas para lograr la vida eterna y se da un sólido sentido a la
existencia. Su nombre actual: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Si eres miembro de ella te invitamos a seguir siendo fiel y obediente a sus enseñanzas.
Si no lo eres, ahora es el momento, sin prejuicios para que la verdad no sea cegada a que
investigues diligentemente y llegues a tu propia conclusión y "...por el poder del
Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas".
Este artículo se terminó de escribir en el Resguardo de Guambia, municipio de Silvia,
Colombia, siendo las 21:00 horas del 26 de febrero de 2002. Autor Rudver B. Hermosa
Camacho, Presidente Rama Recuerdo Norte, Popayán, Colombia.

lunes, abril 21, 2008

¿Por qué tener templos?


Por el Presidente Gordon B. Hinckley
¿Ha existido acaso algún ser humano que, en momentos de serena introspección, no haya reflexionado sobre los imponentes misterios de esta existencia?
Habrá alguien que no se haya preguntado: “¿De dónde he venido? ¿Por qué estoy aquí? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué nexos me unen a mi Hacedor? ¿Me despojará la muerte de las relaciones de parentesco, de amistad, etc., tan preciadas que he hecho en esta vida? ¿Qué pasará con el parentesco que tengo con mis familiares? ¿Hay otra existencia después de ésta? Y si es así, ¿nos reconoceremos allí?”.
La respuesta a esas preguntas no se encuentra en la sabiduría humana; la respuesta sólo se halla en la palabra de Dios por Él revelada. Los templos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días son recintos sagrados donde se da respuesta a éstos y a otros interrogantes sobre la eternidad. Cada edificio es dedicado para ser una Casa del Señor, un lugar de santidad y paz completamente apartado del mundo. En ellos se enseñan verdades y se llevan a cabo ordenanzas que nos dan, como participantes, conocimiento sobre lo eterno y nos motivan a vivir con un entendimiento de la herencia divina que tenemos como hijos de Dios, así como con el conocimiento de nuestro potencial como seres eternos.
Estos edificios, a diferencia de los miles de centros de adoración regulares que posee la Iglesia en todo el mundo, son exclusivos y diferentes en propósito y función de cualquier otro edificio religioso. Lo que los distingue no es su tamaño ni su belleza arquitectónica, sino la obra que se lleva a cabo dentro de ellos.
El designar ciertos edificios para ordenanzas especiales, distintas de las que se efectúan en los lugares de adoración regulares, no es una costumbre nueva, puesto que se practicaba en la época del antiguo Israel, cuando el pueblo adoraba regularmente en las sinagogas. Para los israelitas, el lugar más sagrado era, primero, el tabernáculo que tuvieron en el desierto, con el Lugar Santísimo, al cual siguió posteriormente una serie de templos en donde se efectuaban ordenanzas especiales en las que sólo los que reunían los requisitos podían participar.
Lo mismo ocurre en nuestros días. Antes de dedicar un templo, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días invita al público a visitar el edificio y hacer un recorrido por su interior. Pero, una vez que se dedica, se convierte en la Casa del Señor, investida de un carácter tan sagrado que sólo a los miembros dignos y fieles de la Iglesia se les permite entrar. No se trata de algo secreto, sino de algo sagrado.
La obra que se lleva a cabo dentro de los templos presenta los propósitos eternos de Dios para con el hombre, que es Su progenie y creación. En su mayor parte, la obra del templo concierne a la familia, a cada uno de nosotros como miembros de la familia eterna de Dios y como miembros de una familia terrenal. Además, concierne a la naturaleza santa y eterna del convenio del matrimonio y de las relaciones familiares.
Esta obra testifica que todo ser humano que nace en este mundo es hijo o hija de Dios y viene en parte investido de la naturaleza divina del Padre. La repetición de estas enseñanzas básicas y fundamentales surte un efecto benéfico en los que las reciben, porque, al enunciarse la doctrina en un lenguaje hermoso y solemne, el participante llega a comprender que, por ser todos hijos del Padre Celestial, las demás personas son también miembros de la familia divina y, por lo tanto, todos son sus hermanos.
Cuando el escriba le preguntó a Jesús: “¿Cuál es el primer mandamiento de todos?”, el Salvador le respondió: “...amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.
“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (
Marcos 12:28, 30--31).
En las enseñanzas que se imparten en los templos de nuestros días se hace hincapié en este concepto tan fundamental del deber que tenemos para con nuestro Hacedor y para con nuestro prójimo. Las ordenanzas sagradas profundizan este concepto ennoblecedor de la familia de Dios y enseñan que el espíritu que hay en cada uno de nosotros es eterno, en comparación con el cuerpo, que es mortal. Estas ordenanzas no sólo hacen comprender mejor esas grandes verdades, sino que también motivan al participante a amar a Dios y a demostrar mayor bondad para con los demás hijos de nuestro Padre.
El aceptar el concepto de que el hombre es hijo de Dios nos hace ver que hay un propósito divino en esta vida mortal; esta verdad revelada también se enseña en la Casa del Señor. La vida terrenal forma parte de un peregrinaje eterno; vivimos como hijos espirituales antes de venir a la tierra, y las Escrituras nos dan testimonio de ello. La palabra del Señor a Jeremías testifica: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones” (
Jeremías 1:5).
Venimos a esta vida como hijos de padres mortales y miembros de una familia. Los padres son copartícipes con Dios en la obra de llevar a cabo Sus propósitos eternos con respecto a Sus hijos. Por consiguiente, la familia es una institución divina, la más importante tanto en la vida terrenal como en la eternidad.
Gran parte de la obra que se realiza en los templos concierne a la familia. Para comprender su significado, es esencial reconocer el hecho de que existimos como hijos de Dios antes de nacer en este mundo y de que también continuaremos viviendo después de la muerte, de que las relaciones de parentesco, de amistad, etc., tan preciadas y felices de esta tierra, de las cuales las más hermosas y significativas se encuentran en el seno familiar, continuarán en el mundo venidero.
Los matrimonios que asisten a la Casa del Señor y participan de las bendiciones que allí se imparten son unidos no sólo por el tiempo que dure su vida terrenal, sino también por toda la eternidad. Están ligados no sólo por la autoridad de la ley del país que los une hasta la muerte, sino también por el eterno sacerdocio de Dios, que ata en los cielos lo que se ata en la tierra. Los cónyuges que se hayan casado de esa manera cuentan con la seguridad que da la revelación divina de que el vínculo que los une el uno al otro y a sus hijos no se disolverá con la muerte, sino que continuará por la eternidad siempre que vivan dignos de tal bendición.
¿Habrá algún hombre que verdaderamente ame a una mujer, o una mujer que verdaderamente ame a un hombre, que no desee con todo su corazón que su relación continúe más allá de la tumba? ¿Ha habido padres que al enterrar a un hijo no hayan anhelado recibir la seguridad de que éste volvería a pertenecerles en el más allá? ¿Puede alguien, que crea en la vida eterna, dudar de que Dios no concedería a Sus hijos e hijas el atributo más preciado de esta vida, que es el amor que halla su expresión más viva en las relaciones familiares? No. La razón exige que esas relaciones familiares continúen después de la muerte. El corazón humano las anhela y el Dios de los cielos ha revelado la manera de lograrlo. Las ordenanzas sagradas de la Casa del Señor proporcionan ese medio.
Sin embargo, todo eso parecería muy injusto si las bendiciones de esas ordenanzas sólo estuvieran al alcance de los que ahora son miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Lo cierto es que la oportunidad de asistir al templo y de participar de sus bendiciones está al alcance de todo aquel que acepte el Evangelio y se bautice en la Iglesia. Por ese motivo, la Iglesia lleva a cabo un vasto programa misional en gran parte del mundo y continuará expandiéndolo tanto como sea posible, porque tiene la responsabilidad, delegada por revelación divina, de enseñar el Evangelio “a toda nación, tribu, lengua y pueblo”.
Pero hay incontables millones de personas que han vivido en esta tierra sin haber tenido la oportunidad de escuchar el Evangelio. ¿Se les negarían acaso las bendiciones que se ofrecen en los templos del Señor?
Estas mismas ordenanzas están disponibles para los que han partido de esta vida, por medio de representantes vivos que las reciben en nombre de los que han muerto. En el mundo de los espíritus, esas personas que han muerto tienen la libertad de aceptar o rechazar las ordenanzas que se hayan efectuado por ellas en la tierra, entre las que se cuentan el bautismo, el matrimonio y el sellamiento de los parentescos familiares. En la obra del Señor no existe la compulsión, pero sí la oportunidad.
Esta obra vicaria constituye una labor de amor sin precedentes por parte de los vivos para el beneficio de los que han muerto. Para llevar a cabo la labor de esta obra vicaria es necesario realizar una vasta investigación de historia familiar, a fin de buscar el nombre y los datos de los que vivieron antes que nosotros. Con objeto de ayudar en esta investigación, la Iglesia coordina un programa de historia familiar y se ocupa del mantenimiento de instalaciones de investigación de historia familiar que no tienen comparación en el mundo. Sus archivos genealógicos están abiertos al público, y muchas personas que no son miembros de la Iglesia los han utilizado para buscar datos de sus antepasados. Este programa ha recibido el elogio de genealogistas de todas partes del mundo, y varias naciones lo han empleado para salvaguardar sus propios registros. Pero su propósito principal es poner a disposición de los miembros de la Iglesia las fuentes de consulta necesarias para buscar el nombre y los datos de sus antepasados y hacerles llegar las bendiciones de las que ellos mismos gozan. De hecho, muchos piensan: “Si yo quiero tanto a mi cónyuge y a mis hijos que deseo tenerlos conmigo eternamente, quizás mis abuelos, bisabuelos y otros antepasados tengan el mismo anhelo. Entonces, ¿por qué no han de tener ellos la oportunidad de recibir estas mismas bendiciones eternas?”.
Y por ello, estos sagrados edificios son escenario de una enorme actividad que se lleva a cabo silenciosa y reverentemente. Nos recuerdan parte de la visión de Juan el Revelador en la cual está registrada una pregunta en particular y su respuesta: “¿...Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son, y de dónde han venido? . . .
“...Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero.
“Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo...” (
Apocalipsis 7:13--15).
Los que asisten a estas casas de santidad se visten de blanco para participar en las ordenanzas. Van únicamente con la recomendación de sus autoridades eclesiásticas locales, que certifican su dignidad. Se espera que, para entrar en el Templo de Dios, vayan con pensamientos puros, limpios de cuerpo y con ropas limpias. Al traspasar el umbral, es preciso que dejen atrás al mundo y se concentren en las cosas divinas.
El hacerlo así lleva en sí su propia recompensa; porque en estos tiempos de tantas tensiones, ¿quién no recibiría con los brazos abiertos la posibilidad de alejarse del mundo y entrar en la Casa del Señor, para meditar allí serenamente sobre las cosas eternas de Dios? Estos recintos sagrados ofrecen la oportunidad, que no se encuentra en ningún otro lugar, de aprender sobre los conceptos verdaderamente importantes de la vida y de meditar en ellos: nuestra relación con la Deidad y nuestra jornada eterna desde un estado preterrenal a esta vida y luego a un estado futuro en el que nos reconoceremos los unos a los otros y estaremos juntos, incluso con nuestros seres queridos y con nuestros antepasados que nos han precedido y de quienes hemos heredado todo lo pertinente al cuerpo, a la mente y al espíritu.
Ciertamente, estos templos se destacan como únicos entre todos los edificios. Son casas de instrucción. Son casas de instrucción, lugares de convenios y promesas. En sus altares nos arrodillamos ante Dios, nuestro Creador, y recibimos la promesa de Sus bendiciones sempiternas. En la santidad de sus salas nos comunicamos con Él y reflexionamos sobre Su Hijo, nuestro Salvador y Redentor, el Señor Jesucristo, que sirvió de representante de cada uno de nosotros en el sacrificio vicario que llevó a cabo en nuestro beneficio. En ese lugar, dejamos a un lado el egoísmo y servimos a aquellos que no pueden participar por sí mismos. En esos recintos, con el verdadero poder del sacerdocio de Dios, se nos liga en la más sagrada de todas las relaciones humanas: como marido y mujer, como padres e hijos, como familia, con un sellamiento que el tiempo no puede destruir y que la muerte no puede truncar.
Estos edificios sagrados se han construido aun en los tiempos difíciles cuando los santos sufrieron una persecución implacable. Se han construido y mantenido tanto en épocas de pobreza como en tiempos de prosperidad. Han surgido de la fe vital de un gran número de personas que va en aumento constante y que testifican del Dios viviente, del Señor resucitado, de los profetas y de la revelación divina, así como de la paz y seguridad de las bendiciones eternas que sólo se encuentran en la Casa del Señor.