LAS LLAVES DEL REINO por Elder Bruce R. McConkie

Hoy hablaré de la forma en que se emplean las

llaves del reino, y también de dónde vinieron,

quién las posee en la actualidad y cuál es su futuro.

El sagrado relato comienza en la primavera de 1829, y se

desarrolla a mediados del memorable mes de mayo. El profeta

del Señor se encuentra en el vigésimo cuarto año de su

existencia mortal, y le dicta Sagradas Escrituras a su escriba. La

sagrada palabra menciona el bautismo, sin el cual el hombre no

puede ver el reino de los cielos ni siquiera entrar en él.

El Espíritu del Señor descansa sobre el vidente y su escriba.

Desean el bautismo con la misma ansiedad que el hambriento

busca alimento. La Divina Providencia les guía a un lugar

recluido a orillas del río Susquehanna, cerca de Harmony,

Pensilvania. Allí vuelcan su alma a Dios, el mismo que había

mandado a su Hijo, sin mancha, que se bautizara para servir de

ejemplo a todos los hombres.

Entonces se efectúa el milagro. Los cielos se abren, y un

ángel baja desde las alturas celestiales para comunicarse con sus

consiervos en la tierra. Se trata de Juan el Bautista, un ser ya

resucitado, al que Herodes mandó decapitar mil ochocientos

años atrás en los hediondos recintos de la cárcel.

Este es el mismo Juan que, siendo hijo único del sacerdote

Zacarías y de Elizabeth, había sido ordenado por un ángel a la

temprana edad de ocho días para derribar el reino de lo judíos.

El mismo Juan a quien acudieron los judíos en Betábara

buscando el poder purificador del bautismo. Entonces fue que el

amado Bautista, para cumplir con toda justicia, sumergió al

mismo Hijo de Dios en las turbias aguas de un río palestino.

El mismo Juan que vio abrirse los cielos y al Espíritu Santo

descender con la serenidad de una paloma, y descansar sobre los

personajes acerca del cual la divina voz dijo a continuación:

“Este es mi Hijo Amado en quien tengo complacencia.” (Mateo

3:17).

Con la gloria de un ser resucitado, y en el nombre del Mesías

por el que había sufrido la muerte de un mártir, confiere a sus

amigos mortales el Sacerdocio Aarónico y las llaves de la

ministración de ángeles y del bautismo por inmersión para la

remisión de pecados. (D y C. 13).

Por primera vez en casi 1.700 años, seres mortales, actuando

en el nombre del Señor Jesucristo, pueden ministrar a favor de

los hombres para su salvación. La hora se acerca en que la

lúgubre y tenebrosa oscuridad se rasgue para dar paso a la luz

celestial que vendrá a iluminar nuestro planeta sumergido en la

ignorancia.

Pero esto es apenas el comienzo del gran designio. Otros

mensajeros descienden de los reinos de luz y gloria. Pedro,

Santiago y Juan, que en su época poseían el sacerdocio y las

llaves correspondientes a la presidencia del reino terrestre,

visitan a José Smith y a Oliver Cowdery.

Estos Apóstoles de la antigüedad, que cuando mortales eran

los amigos y confidentes del Señor Jesucristo; estos espíritus

escogidos que comieron y bebieron con Él después que resucitó

de los muertos; los verdaderos testigos del que murió para que

todos podamos vivir, llevan a cabo algo maravilloso.

Confieren al nuevo profeta y al que lo acompaña el

sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios, quien permanece

como sacerdote para siempre. Este Sacerdocio de Melquisedec

es el orden más elevado y más sagrado que puede otorgarse a los

mortales ahora o en el futuro. Incluye, y siempre a incluido, el

poder y la autoridad del sagrado apostolado.

Junto con Él, los esforzados mortales, que muy pronto, por

mandato divino, reorganizan la Iglesia y el reino de Dios en la

tierra, reciben ciertas llaves de importancia trascendental. Son

las llaves del reino por medio de las cuales obtienen el poder de

organizar, presidir, gobernar y regular tierra, el cual es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

También reciben las llaves de la dispensación del

cumplimiento de los tiempos, la gloriosa era de la restauración y

de renovación, la cual Dios designa para reunir todas las cosas

en Cristo; la edad de la revelación, y los dones, y los milagros,

en la que Él llevará a cabo la restauración de todas las cosas, de

que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido

desde tiempos antiguos. (D. y C. 27:12-13; 81:2).

Habiendo sido comisionado de esa manera, y siendo

poseedores del evangelio de salvación, pueden establecer de

nuevo el reino de Dios en la tierra y predicar otra vez el

evangelio a todo el mundo y a todos los pueblos. El reino se

establece el día 6 de abril de 1830, y desde ese momento todos

los miembros fieles de la Iglesia dedican su tiempo, talentos y

medios para llevar la verdad a los demás hijos de nuestro Padre

Celestial.

Pero aún esto no es todo. Otras llaves debían entregarse. En

un maravilloso día de abril de 1836, aparecieron Moisés , Elías y

Elías el Profeta, cada uno trayendo de su correspondiente

dispensación las llaves y el poder que habían ejercido cuando

mortales. En un día similar a aquellos otros maravillosos de mil

ochocientos años antes en el Monte de la Transfiguración.

(Mateo 17:1-13).

En ese entonces, en las cimas nevadas de un monte, después

que el Padre había hablado desde la nube, sucedió que Moisés y

Elías, ambos llevados al cielo sin gustar la muerte, volvieron en

sus cuerpos físicos, a un templo no hecho con manos, y

otorgaron a Pedro, Santiago y Juan las llaves y poderes que

poseían para esa época.

Y de la misma forma, esos ilustres personajes vuelven a la

tierra en estos días. Esta vez, a un templo construido con los

diezmos y el sacrificio de los santos, estos mismos profetas de la

antigüedad, ministrando ahora como seres resucitados y

glorificados, restauran las llaves y poderes que poseían.

Moisés, quien investido en la majestad del Sacerdocio de

Melquisedec sacó de Egipto al cautivo Israel para llevarlo a su

Palestina prometida, trae de nuevo esas mismas llaves. Dichas llaves autorizan a los mortales a recoger las ovejas perdidas de

Israel que se encuentran en el Egipto del mundo, y llevarlas a la

prometida Sión, donde las escamas de tinieblas esclavizantes

caerán de sus ojos. Estas llaves comisionan a los que las poseen

para que recojan a todo Israel, incluyendo las diez tribus, de

todas las naciones de la tierra, y, como lo afirma la palabra

profética, los llevan de uno en uno y de dos en dos a los montes

de la casa del Señor, para que sean investidos de poder desde lo

alto.

Elías trae otra vez el evangelio de Abraham, el gran convenio

abrahámico por medio del cual los fieles reciben promesas de

posteridad eterna, promesas de que por medio del matrimonio

celestial su posteridad eterna será tan numerosa como las arenas

de la playa y las estrellas del cielo. Elías da la promesa, la

misma recibida en la antigüedad por Abraham, Isaac y Jacob, de

que en el hombre moderno y sus descendientes todas las

generaciones sean bendecidas.

Y ahora ofrecemos las bendiciones de Abraham, Isaac y

Jacob a todos los que deseen recibirlas.

Elías el Profeta trae de nuevo las llaves del poder del

sellamiento, la autoridad que permite a los hombres que viven

ahora, lo mismo que a Pedro en la antigüedad, sellar en la tierra

y que sus hechos sean sellados eternamente en los cielos. (D. y

C. 110:11-16).

Gracias a la venida de Elías el Profeta los bautismos que

efectuamos en la tierra tienen validez en la eternidad.

Literalmente nos permiten ser miembros del reino terrestre, el

cual es la Iglesia, y a la vez pertenecer al reino celestial que es la

gloria divina donde moran Dios y Jesucristo.

Y entonces, con el transcurso del tiempo, habrá “una unión

eterna completa y perfecta, así como un encadenamiento de

dispensaciones, llaves, poderes y glorias... desde los días de

Adán hasta el tiempo presente.” (D. y C. 128:18).

En el meridiano de los tiempos, Jesucristo ordenó a los Doce

en las costas de Capernaum; les dio las llaves del reino a Pedro,

Santiago y Juan en el monte santo, y más tarde les dio esas

mismas llaves a todos los apóstoles. (Mateo 18:18). En nuestra dispensación, el Sacerdocio de Melquisedec se

restauró en 1829; se ordenó a algunos hombres al Santo

Apostolado en febrero de 1835; varias llaves se dieron en

distintos momentos, principalmente el 3 de abril de 1836; y esto

continuó hasta que todos los ríos del pasado desembocaron en el

océano del presente y el hombre mortal poseyó todas las llaves y

poderes que se hayan otorgado a los hombres en épocas pasadas,

desde Adán hasta el presente.

Como punto culminante, todas las llaves del reino se dan a

los Doce en el invierno de 1844. Luego ellos reciben lo que las

revelaciones llaman la plenitud del sacerdocio, junto con el

poder de conferir esta plenitud eterna a otros hombres.

Después que están debidamente investidos y autorizados, el

Profeta les dice a los Doce:

“He sellado sobre vuestras cabezas todas las llaves del reino.

He sellado sobre vosotros cada llave, poder y principio que los

cielos me han revelado. Ahora, no importa dónde vaya yo o lo

que pueda hacer, el reino descansa sobre vosotros. Pero,

Apóstoles del Cordero de Dios, mis hermanos, sobre vuestros

hombros descansa el reino, y ahora tenéis que unir vuestros

hombros y darle ímpetu. Si no lo hacéis seréis condenados.”

(Discursos de Wilford Woodruff, sel. Por G. Homer Durham,

Salt Lake City: Bookcraft, 1946, pág.72).

Y de esta forma se cumple la palabra divina en la cual el

Señor había dicho anteriormente a los Doce:

“Porque a vosotros, los Doce, y a los de la Primera

Presidencia, quienes son nombrados con vosotros para ser

vuestros consejeros y directores, se han dado el poder de este

sacerdocio, para los últimos días y por la última vez, en los

cuales se encierra la dispensación del cumplimiento de los

tiempos.

“Poder que vosotros tenéis, juntamente con todo los que han

recibido una dispensación en cualquier ocasión, desde el

principio de la creación;

Porque, de cierto os digo, las llaves de la dispensación, las

cuales habéis recibido, han descendido desde los padres, y por

último, se han enviado del cielo a vosotros.” (D. y C. 112:30-32). Y de esta forma, también se estableció el sistema del Señor

para la sucesión en la Presidencia. Las llaves del Reino de Dios,

los derechos y los poderes de la presidencia eterna por medio de

la cual se gobierna el reino terrestre, que primero se revelaron

desde los cielos, se dan por el espíritu de revelación a cada

hombre que es ordenado Apóstol y a la vez apartado para ser

miembro del Consejo de los Doce.

Pero, puesto que las llaves le dan a uno el derecho de

presidir, sólo puede ejercerlas en su plenitud un hombre a la vez.

Esta persona es siempre el Apóstol de mayor antigüedad, el

Apóstol presidente, el sumo sacerdote presidente, el élder

presidente. Solamente él tiene la autoridad para dirigir a los

demás, guía que todos están comprometidos a seguir.

Por lo tanto, a pesar de que cada uno de los Doce posee las

llaves, las ejercen sólo hasta cierto limite, hasta que uno llegue a

ser el de mayor antigüedad, lo cual lo hace el Ungido del Señor

en la Tierra.

En conclusión, entonces, cuando José Smith, en manos de

hombres malvados y asesinos, exhala el último aliento, Brigham

Young, siendo el Apóstol con mayor antigüedad en el reino

terrestre, automáticamente pasa a presidir.

El siguiente aliento de Brigham Young es el que hincha de

poder los pulmones de este siervo previamente ungido por el

Señor. No pasa más tiempo que el de un abrir y cerrar de ojos en

que la Iglesia se encuentre sin oficial presidente.

Cuando el presidente Kimball sea llamado a informar su

labor en tan grande y exitoso ministerio, las llaves pasarán

instantáneamente a otro Apóstol que el Señor ya ha elegido. Y

de esta manera el sistema de sucesión divina continuará hasta la

venida del Señor Jesucristo en las nubes de gloria para reinar

personalmente sobre la tierra.

No tenemos por qué temer el futuro. Esta es la obra de Dios;

es su reino, y El gobierna sus asuntos a voluntad.

Las llaves, habiendo sido entregadas al hombre en la tierra,

se encuentran ahora en poder de los que Él ha escogido.

Así como sé que Dios vive y que Jesucristo es verdadero, y

que la verdad prevalecerá, os testifico que esta obra rodará hastaque llene toda la tierra, y hasta que el conocimiento de Dios

cubra la tierra como las aguas cubren el océano.

Os doy este testimonio en mi nombre y en nombre de todos

los fieles élderes del reino, y en nombre de todas las santas

hermanas que se mantienen a su lado con tanto valor, y sobre

todo lo hago en el sagrado nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Amén.

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