Consejos Familiares (parte 1)


(tomado del libro "El Divino Sistema de Consejos" de Elder M. Russel Ballard)

Cuando un amigo mío empezó a desempeñarse como rec­tor de una pequeña universidad, se mudó con su esposa y sus tres hijos a una residencia de propiedad de la institución. Ya que no tenían que pagar por la vivienda, decidió que podían invertir en un nuevo automóvil. Pero en vez de iniciar el proceso normal de probar diferentes vehículos, negociar con vendedores y finalmente comprar un auto, prefirió valerse del consejo familiar para llegar a una decisión.

"Presentó la idea a la familia en una noche de hogar", recuerda uno de sus hijos. "Nos pidió a nosotros tres, que en ese entonces íbamos a la escuela primaria, así como a mamá, que diéramos nuestro parecer y presentáramos nuestras preferencias e ideas. Llegamos a la conclusión de que no teníamos suficiente en qué basarnos para tomar una decisión atinada, así que empe­zamos a recabar información sobre nuevos automóviles, la cual podríamos repasar juntos".

Mi amigo llevó a su casa folletos, fotografías y hasta diaposi­tivas de los últimos modelos de automóviles. Los niños fueron a la biblioteca pública, se fijaron en docenas de revistas y artícu­los y hablaron con sus amigos en cuanto a los vehículos de su preferencia. En otra noche de hogar intercambiaron la informa­ción que habían recogido y empezaron a reducir la lista de posi­bles automóviles a considerar. Después la familia hizo varias visitas a concesionarios para probar diferentes autos.

Finalmente, la familia decidió en cuanto a una marca y un modelo en particular, pero ése fue apenas el comienzo del pro­ceso de tomar una decisión final. Todavía tenían que considerar colores y otras opciones. Así que a cada miembro de la familia se le concedió la oportunidad de dar a conocer sus preferencias y cada uno de los detalles fue puesto a votación.

"Después de todo eso", continuó diciendo el hijo, "la mayo­ría se decidió por un automóvil color metálico con el interior en azul claro. Mamá había sugerido otro color para el tapizado pero no recibió el voto de aprobación de los demás".

Siendo que muy pocos concesionarios disponían de unida­des en color metálico con interiores en azul claro, tuvieron que hacer un pedido especial a la fábrica en Detroit (estado de Michigan). Mientras aguardaban la llegada del nuevo auto, la familia se reunió con regularidad para planear el viaje de vaca­ciones que emprenderían como inauguración de su nuevo vehí­culo familiar. Ajustándose al mismo modelo de juntar informa­ción, expresar preferencias e intercambiar ideas como consejo familiar, decidieron hacer un viaje al Parque Nacional Yellowstone.

"Resultó ser un auto extraordinario y el viaje fue magnífico", comentó uno de los hijos. "No creo que ninguno de nosotros pueda olvidar jamás aquel auto ni aquellas vacaciones, y tam­poco el proceso que seguimos para ambas realizaciones".

El hecho de que todo esto haya sucedido en 1957 y todavía provoque tan buenos recuerdos, es prueba suficiente del poder que puede tener un consejo familiar en el fortalecimiento de los lazos y la unidad familiares, así como en la creación de maravi­llosos recuerdos.

El élder L. Tom Perry de los Doce Apóstoles explicó que la reunión de consejo familiar es el marco ideal donde enseñar a los hijos "a prepararse para su papel como miembros de la fami­lia y futuros padres". En los consejos familiares, añadió, el padre y la madre pueden ofrecer capacitación en temas tales como "preparación para el templo, para la obra misional, para la admi­nistración del hogar y de la economía familiar, para la educa­ción, el trabajo en la comunidad, el desarrollo cultural, la adqui­sición y el cuidado de las posesiones personales, el planeamiento para las horas libres, las asignaciones de trabajo, etc.". También sugirió que antes de que los miembros de la fami­lia se reúnan para tratar asuntos como consejo, sería bueno que los padres llevaran a cabo reuniones de "`comité ejecutivo familiar' . . . para hacer planes. Este comité, formado por marido y mujer, conversaría, planearía y se prepararía para desempeñar su papel directivo en la organización familiar" (véase Liahona, febrero de 1981, pág. 12).

Al igual que en el caso de otros, el consejo familiar puede ser una fuerza positiva y orientadora en la vida de los miembros de la Iglesia. Puede contribuir al orden en el hogar, ofrecer un medio para sanar sentimientos heridos, dar a los padres un importante elemento para combatir influencias externas y crear la oportunidad de enseñar las importantes verdades del Evangelio. Pero, así como sucede con otros consejos, éste será provechoso únicamente en la medida que esté formado y se le lleve a la práctica debidamente. Por cierto que los principios que gobiernan los consejos familiares son básicamente los mismos que gobiernan los consejos de la Iglesia. Su objetivo general es el mismo. Nosotros queremos para nuestra familia lo mismo que nuestro Padre Celestial anhela para la Suya: "inmortalidad y vida eterna" (Moisés 1:39). Queremos fomentar relaciones que se extiendan más allá de esta vida.

Hace un tiempo, me quedé sorpresivamente sin aire mien­tras subía por un pequeño cerro. Preocupado, hice una consulta con mi médico y poco después me hallé internado en el Hospital LDS en Salt Lake City. El médico me informó que sería necesario hacer una operación de corazón abierto. El cirujano vino a mi habitación a las 11:00 de la mañana y me explicó en qué consistiría el procedimiento. Cuando se retiraba, dijo: "Reúna a su familia antes de la operación".

Sinceramente, no presté mucha atención a lo que había dicho. Cuando regresó a verme a las 2:00 de la tarde, me pre­guntó: "¿Ha hecho los arreglos para reunir a su familia?".

"Pues, no," le contesté. "No lo hice".

Me miró de la manera que únicamente puede mirar un ciru­jano que sabe a lo que se enfrenta su paciente y repitió su admo­nición anterior: "Reúna a su familia".

No fue sino hasta ese momento que empecé a comprender que aquella operación podría ser un poco más complicada que lo que en principio se había creído. Así que pedí a los miembros de mi familia que vinieran a mi habitación para efectuar un con­sejo familiar especial, ocasión en la cual ocurrió algo muy intere­sante. Cuando los vi a todos alrededor de mi cama, sentí un abrumador deseo de dar instrucciones a mis hijos para el caso de que algo me sucediera. Lo primero que les pedí fue que vela­ran por su madre y lo segundo, que velaran los unos por los otros. Nada en la vida es más importante que nuestra familia, por lo que debemos aprovechar las oportunidades de aconse­jarnos mutuamente. Gracias al sabio consejo que recibí de mi amigo cirujano, mi familia y yo vivimos un momento de unión que permanecerá eternamente como un recuerdo invalorable para todos nosotros. Por encima de cuán difíciles puedan resul­tar algunos desafíos, debemos superarlos juntos.


En las revelaciones leemos: "He aquí, mi casa es una casa de orden, dice Dios el Señor, y no de confusión" (D&C 132:8). Asimismo, el Señor instruyó a Sus seguidores del siglo dieci­nueve, diciendo: "Organizaos; preparad todo lo que fuere nece­sario; y estableced un casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios" (D&C 88:119). Aun cuando estos versículos de las Escrituras se refieren espe­cíficamente a los santos templos de Dios, también se les puede y debe aplicar a nuestro hogar. Los consejos familiares, dirigi­dos por padres rectos y amorosos que se esfuerzan por enseñar a sus hijos a amarse y respetarse mutuamente, pueden, real­mente, crear un marco de disciplina, orden y amorosa coopera­ción en el hogar.



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