Consejos Familiares (parte 2)


por M. Russell Ballard en "El Divino Sistema de Consejos"

Cuando los miembros de una familia empezaron a darse cuenta de que su hogar estaba siendo invadido por la conten­ción, convocaron un consejo familiar para tratar la situación. "Empecé por explicar lo que había observado y cómo me sen­tía al respecto", dijo el padre. "Mi esposa hizo lo mismo y, des­pués, cada uno de los siete hijos que todavía quedaban en casa, del mayor al menor, tuvo la oportunidad de expresar sus senti­mientos".

Los padres comprendieron que desde que sus hijos mayores habían salido del hogar, uno de ellos por haberse casado y otro para ir a la universidad, una injusta carga de responsabilidad había recaído sobre los dos hijos mayores de los que quedaban en la casa. Las deliberaciones del consejo resultaron en una dis­tribución más equitativa de responsabilidades entre los hijos, así como una significativa reducción en los niveles de frustración de la familia.

Algo similar sucedió en otra familia de siete hijos. "Como es fácil de imaginar, en una casa con siete hijos a menudo me frus­traban los problemas cotidianos", dijo la madre. "De vez en cuando me sentía abrumada y luego me desanimaba. Esos sen­timientos siempre pasaban, pero me preguntaba si acaso llegarí­amos a progresar hasta un día poder ser el tipo de familia que considerábamos que debíamos ser".

Entonces los padres oyeron a una Autoridad General ense­ñar que el consejo básico de la Iglesia es el consejo familiar.

"Esto me impresionó muchísimo", dijo la madre. "Después de hablarlo con mi marido, decidimos empezar a efectuar conse­jos familiares en nuestro hogar. Se lo explicamos a nuestros hijos y comenzamos a llevar a cabo consejos todos los domin­gos por la noche.

"Me sorprendieron muy favorablemente los resultados que hemos tenido", continuó diciendo la hermana. "Uno por uno, empezamos a hacer frente a los problemas que veíamos en nues­tra familia. De ninguna manera nos consideramos ahora perfec­tos, pero por primera vez estamos empezando a ver progresos. Y cuando se presenta algún problema nuevo, simplemente me escribo una nota, como lo hacen los demás miembros de la familia, las cuales llevamos a nuestra próxima reunión de con­sejo para tratarlos".


Demasiado a menudo se efectúan consejos familiares sola­mente cuando los padres consideran que hay problemas y cuando piensan que tienen todas las respuestas. De la misma manera que erran algunos presidentes y obispos en otros consejos de la Iglesia al pensar que es su responsabilidad hallar todas las soluciones a los problemas que enfrentan sus respecti­vas organizaciones, los padres se privan de una valiosa inspira­ción si deciden no dar la debida consideración a las ideas que sus hijos aportan al consejo familiar. Recuerden que aun cuando los hijos nunca tienen el derecho de ser irrespetuosos con sus padres, sí lo tienen de que se les escuche. Ellos necesitan un ambiente calmo en donde se puedan tratar reglas y principios que ellos no entiendan y en donde se les preste atención. El con­sejo familiar crea el marco ideal para una comunicación prove­chosa. Las reglas y las normas familiares serán mucho mejor aceptadas y seguidas si se da a todos los miembros de la fami­lia la oportunidad de participar y de acordar en cuanto a ellas.


Un matrimonio estaba muy preocupado porque una de sus hijas adolescentes se rodeaba de amistades cuyos valores eran muy diferentes a los enseñados por la familia y la Iglesia. Les inquietaba particularmente la relación que se estaba desarro­llando entre su hija y un joven de dudosa reputación. Trataron de combatir la situación tan adversa que acechaba a su hija imponiendo una serie de nuevas reglas familiares, amenazas y medidas disciplinarias. Pero todo eso sirvió sólo para acrecen­tar la tensión y la contención en el hogar.

Finalmente, los padres decidieron formar un consejo fami­liar especial integrado por ellos dos y su hija mayor, quien tenía un año más de edad que la que estaba pasando momentos difí­ciles. "Los tres lloramos al compartir sentimientos de amor mutuo y temores en cuanto a la dirección en que parecía enca­minarse nuestra segunda hija", dijo el padre. "Nuestra hija mayor sugirió respetuosamente que debíamos dejar de criticar a las amistades de su hermana porque corríamos el riesgo de ale­jarla de nosotros. Recomendó que creáramos un ambiente más amigable en nuestro hogar que alentara a nuestra otra hija a traer a sus amigos a la casa, en donde quizás podríamos ser una buena influencia también para ellos".

Después de mucho pensar, ayunar y orar, el consejo familiar especial formuló un plan: tratarían de ser lo más positivos posi­ble y se esforzarían por descubrir los aspectos buenos en las amistades de su hija. "Queríamos ser amigos de sus amigos a fin de que ellos no se mostraran tan inclinados a influir en nues­tra hija para que nos resistiera", agregó el padre. "También la animamos a que invitara a sus amigos a venir a nuestra casa a menudo. De esa manera podríamos observarlos más de cerca, permitiéndole a ella, al mismo tiempo, satisfacer sus necesida­des sociales".


El consejo familiar especial también decidió invitar a los misioneros regulares a cenar más seguido. "A medida que nues­tra hija fue conociendo mejor a los misioneros y confiando más en ellos, resultó natural y lógico que nosotros le sugiriéramos que ella invitara a sus amigos a escuchar las charlas misionales", dijo el padre. "La felicitamos haciéndole saber que era la única misionera activa en nuestra familia ya que nadie más que ella tenía amigos que no eran miembros de la Iglesia a quienes poder presentarles el mensaje del Evangelio".

Las experiencias misionales resultantes fueron surtidas. Cuando los misioneros le enseñaron a la mejor amiga de la joven, dijeron que fueron algunas de las lecciones más espiritua­les que jamás habían dado. Cuando le enseñaron al muchacho, sin embargo, las charlas no fueron muy bien recibidas. Pero aun eso tuvo un resultado positivo en lo concerniente a la familia. "A las dos o tres semanas advertimos que el joven dejó de venir y de llamar", comentó el padre. "Más adelante nos enteramos de que estaba diciéndoles a otras personas que nuestra familia era demasiado `mormona' para él".

Esos buenos padres dicen que la sugerencia de su hija mayor en aquel consejo familiar especial fue lo que mantuvo unida a la familia. "Estamos muy agradecidos de que el Espíritu del Señor haya obrado a través de ella en favor de nuestra familia".

Y muy sabios fueron esos padres en prestar más atención a las ideas y los sentimientos expresados por su hija en aquel con­sejo familiar especial.


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