EL EJÉRCITO DEL SEÑOR Presidente Thomas S. Monson

Hace unos veinticuatro años, me encontraba sentado en la sección del coro del Salón de Asambleas, edificio
situado en la esquina suroeste de la Manzana del Templo. Se llevaba a cabo una conferencia de estaca, y los
élderes Joseph Fielding Smith y Alma Sonne habían sido asignados para reorganizar la presidencia. El
Sacerdocio Aarónico y los obispados estaban encargados de presentar la música; los que servíamos como
obispos cantábamos junto con nuestros jóvenes. Al terminar de cantar el primer número, el élder Smith se acercó
al púlpito y anunció los nombres de los integrantes de la nueva presidencia de estaca. Supongo que a los otros los
habían enterado de sus llamamientos, pero a mí no. Después de leer mi nombre, el hermano Smith anunció: "Si el
hermano Monson está dispuesto a responder a este llamamiento, tendremos mucho gusto en que ahora nos dirija
la palabra". Al contemplar desde el pulpito aquel mar de rostros, me acordé de la canción que acabábamos de
cantar y cuyo título era: "Ten valor, hijo mío, para decir no". Pero elegí como tema de mi discurso de aceptación:
"Ten valor, hijo mío, para decir si".
Hay un conocido himno cuya letra describe a vosotros, los jóvenes:
¡Mirad! Reales huestes
ya entran a luchar,
con armas y banderas
el mal a conquistar.
Sus filas ya rebosan
con hombres de valor,
que siguen su Caudillo
y cantan con vigor:
¡A vencer, a vencer
por el que nos salva!
¡A vencer, a vencer
por Cristo Rey Jesus!
(Himnos de Sión, 248.)
El sacerdocio representa un poderoso ejército de justicia, un ejercito real. Nos dirige un Profeta de Dios y nuestro
comandante en jefe es nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Las órdenes de marchar que recibimos son claras y
concisas. Mateo describe nuestro cometido con estas palabras pronunciadas por el Maestro:
“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo;
"enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo" (Mateo 28:19-20).
¿Escucharon el mandato divino aquellos primeros discípulos? Marcos nos dice: "Y ellos, saliendo, predicaron en
todas partes, ayudándoles el Señor" (Marcos 16:20).
El mandato de ir a predicar no ha sido invalidado; al contrario, se ha vuelto a hacer hincapié en él. Actualmente
tenemos miles de misioneros que han respondido al llamado; hay miles más que responderán; se crean
constantemente nuevas misiones. ¡Que época emocionante y motivadora es ésta!
Vosotros, los que poseéis el Sacerdocio Aarónico y lo honráis, habéis sido reservados para este período especial
de la historia. La cosecha es verdaderamente grande. No tengamos malentendidos al respecto: la oportunidad de
vuestra vida está a vuestro alcance. Os esperan las bendiciones de la eternidad. ¿Cómo podéis responder mejor
al llamado? Permitidme sugerir que cultivéis estas tres virtudes:
1. El deseo de servir.
2. La paciencia para prepararos.
3. La voluntad para trabajar.
Haciéndolo, siempre formaréis parte de ese ejército real del Señor. Consideremos separadamente cada una de
esas tres virtudes.
Primero, el deseo de servir. Recordemos el requisito del Señor en su declaración: "He aquí, el Señor requiere el
corazón y una mente bien dispuesta" (D. y C. 64:34).
Un ministro contemporáneo dijo lo siguiente: "Mientras el deseo de servir no sea más grande que la obligación, los
hombres luchan como reclutas forzados y no como patriotas que siguen su bandera. El deber sólo se cumple
dignamente cuando el que lo hace, si pudiera, recorre gustoso la segunda milla".
¿No os parece apropiado que no seáis vosotros mismos quienes os llaméis a la obra misional? ¿No es también
prudente que no sean vuestros padres quienes lo hagan? En cambio, sois llamados por Dios, por profecía y
revelación, y vuestro llamamiento lleva la firma del Presidente de la Iglesia.
Durante muchos años tuve el privilegio de servir con el presidente Spencer W. Kimball, cuando el era presidente
del Comité Ejecutivo Misional de la Iglesia. Aquellas inolvidables reuniones en las que se asignaba la destinación
de los misioneros estaban llenas de inspiración y, de vez en cuando, amenizadas por toques de humorismo.
Recuerdo muy bien el formulario de recomendación de un futuro misionero, en el cual el obispo había escrito lo
siguiente: ""Este joven está muy unido a su madre. Ella desea saber si sería posible que se le enviara a una
misión cercana a su casa, a fin de que pudiese visitarlo algunas veces y hablarle por teléfono todas las semanas".
Leí estas palabras en voz alta y quede en espera de que el presidente Kimball designara la misión a la cual se
enviaría a aquel joven. Noté la chispa de picardía en sus ojos mientras decía con una dulce sonrisa, sin agregar
comentario alguno: "Asignémoslo a la Misión de Africa del Sur—Johanesburgo".
Los casos de llamamientos que resultaron providenciales son demasiado numerosos para mencionar, pero sé sin
ninguna duda que la inspiración divina interviene en esas asignaciones sagradas. Todos reconocemos la verdad
declarada con tanta sencillez en Doctrina y Convenios: "Si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra"
(D. y C. 4:3).
Segundo, la paciencia para prepararos. La preparación para la misión no es algo que pueda improvisarse, sino
que empezó antes de lo que recordáis. Cada clase de la Escuela Dominical, de la Primaria, del seminario, cada
asignación que tuvisteis en el sacerdocio, tuvo una aplicación más amplia que la aparente. Silenciosa y casi
imperceptiblemente se ha moldeado una vida, se ha comenzado una carrera, se ha formado un hombre. Un poeta
dijo:
Quien por el plan del Maestro a un jovencito motiva
el curso del hombre del mañana determina.
¡Que compromiso implica el llamamiento de asesor de un quórum de muchachos! Asesores, ¿pensáis realmente
en la oportunidad que tenéis? ¿Oráis? ¿Os preparáis? ¿Preparáis a vuestros jóvenes?
Cuando tenía quince años, fui llamado para presidir un quórum de maestros. Nuestro asesor se interesaba en
nosotros, y nosotros lo sabíamos. Un día me dijo:
—Tom, a ti te gusta criar palomas, ¿verdad?
—Si —le respondí con entusiasmo.
Luego me preguntó:
—¿Te gustaría que te regalara una pareja de palomas de pura raza?
—¡Sí, claro! —le conteste esa vez, puesto que las que yo tenía eran de las ordinarias que atrapaba en el techo de
la escuela. El me dijo que fuera a su casa a la tarde siguiente.
Ese fue uno de los días más largos de mi vida. Cuando llegó del trabajo, ya hacía una hora que yo estaba
aguardándolo. Me llevó al palomar que tenía en un pequeño cobertizo al fondo de su terreno. Mientras
contemplaba las palomas, que eran las más hermosas que hasta entonces había visto, el me dijo:
—Escoge cualquier macho, y te daré una hembra que es diferente de todas las palomas del mundo.
Después que hice mi selección, me puso en las manos una diminuta hembra; la miré y le pregunté que era lo que
la hacía diferente de las otras. Me contestó:
—Si la examinas, verás que tiene un solo ojo.
Era cierto; le faltaba un ojo, que había perdido en una escaramuza con un gato. Entonces mi asesor me aconsejó:
—Llévalas a tu palomar, tenlas encerradas por unos diez días y después suéltalas para ver si se han
acostumbrado al lugar y se quedan allá.
Seguí sus instrucciones. Cuando las solté, el macho se pavoneó un poco por el techo del palomar, y luego entró a
comer; pero la hembra desapareció en un instante. Inmediatamente llamé al asesor para preguntarle si la paloma
había regresado a su palomar.
—Ven —me contestó—, vamos a fijarnos.
Mientras íbamos caminando desde la casa hasta el palomar, el asesor comentó:
—Tom, tú eres el presidente del quórum de maestros. Por supuesto, yo ya sabía eso; después agregó:
—¿Qué piensas hacer para activar a Bob?
—Lo llevaré a la reunión del quórum esta semana —le respondí.
El entonces alargó la mano hasta un nido y me entregó la palomita tuerta.
—Mantenla encerrada por unos días —me dijo— y vuelve a probar.
Así lo hice, y una vez más el ave desapareció. La historia se repitió.
—Ven, y veremos si volvió acá.
Mientras íbamos para el palomar me hizo este comentario:
—Te felicito por haber conseguido que Bob fuera a la reunión del sacerdocio. Y ahora, ¿qué harán tú y él para
activar a Bill?
—Lo llevaremos con nosotros a la próxima reunión —le contesté.
Esta experiencia se repitió una y otra vez. Yo ya era hombre cuando llegué a darme cuenta de que mi asesor
ciertamente me había regalado una paloma especial: la única de todo el palomar que el sabía que volvería cada
vez que yo la soltara. Era su inspirada forma de asegurarse de tener cada dos semanas la entrevista ideal del
sacerdocio con el presidente del quórum de maestros. Es mucho lo que debo a aquella palomita tuerta, y mucho
más le debo a aquel asesor de quórum que tuvo la paciencia de ayudarme a prepararme para las oportunidades
que se me presentarían más adelante.
Tercero, la voluntad para trabajar. La obra misional es difícil; pondrá a prueba vuestras energías; os llevará al
límite de vuestra capacidad; os exigirá vuestro mayor esfuerzo y, con frecuencia, que lo hagáis una y otra vez.
Recordad que no "es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes" (Eclesiastés 9:11), sino del que
persevere hasta el fin. Tomad la determinación de hacer lo siguiente:
En tu deber persevera hasta que parte de ti sea;
al empezar son muchos, mas pocos terminan la tarea.
Alabanzas y honores, posición y poder,
para el que permanece siempre habrán de ser.
Persevera en tu labor hasta que sea parte de ti;
esfuérzate por ella, suda y procura sonreír,
ya que por el esfuerzo, la sonrisa y el sudor
al fin recibirás el triunfo y el honor.
Durante la última parte de la Segunda Guerra Mundial, cumplí los dieciocho años y fui ordenado élder una
semana antes de partir para el servicio activo en la Marina. Un miembro del obispado de mi barrio fue a la
estación a despedirme, y un momento antes de salir el tren me puso en la mano un librito titulado El manual del
misionero. Al ver el título me reí y le dije:
—Pero yo no voy a una misión.
—Llévalo de todas maneras —me respondió—, puede serte útil.
Y así fue.
En el periodo de entrenamiento básico, el comandante de nuestra compañía nos dio instrucciones con respecto al
mejor método para colocar la ropa en nuestras bolsas de marineros; entre otras cosas, nos recomendó que si
teníamos algún objeto que fuera duro y de forma rectangular, lo pusiéramos en el fondo del saco para que la ropa
tuviera una base más firme. De pronto recordé que tenía el objeto rectangular adecuado: mi manual de misionero.
Ese fue el primer servicio que me prestó, y allí permaneció doce semanas.
La noche anterior a nuestra salida en las vacaciones de Navidad, nuestros pensamientos estaban, como siempre,
en la familia; un gran silencio reinaba en el cuartel. De pronto oí que mi compañero de la litera contigua —un
muchacho mormón -exhalaba quejidos de dolor.
—¿Qué te pasa? —le pregunté.
—Estoy enfermo —me respondió—, muy enfermo.
Le aconsejé que fuera al dispensario de la base, pero me contestó que si lo hacia no le permitirían ir a su casa
para Navidad.
Con el correr de las horas sus gemidos se fueron haciendo más fuertes hasta llegar un momento en que,
desesperado, me susurró:
—Monson, Monson, ¿tú no eres élder?
Le respondí afirmativamente, luego de lo cual me pidió: — ¡Dame una bendición!
Repentinamente me di cuenta de que jamás había dado una bendición de salud, no había recibido ninguna, ni
había visto a nadie darla a otra persona. Entonces ore a Dios suplicando su ayuda, y recibí la respuesta: "Busca
en el fondo de la bolsa de la ropa". Eran las dos de la madrugada cuando vacié sobre el piso el contenido del
saco, llevé hasta la lámpara de noche aquel objeto duro y rectangular que estaba debajo de todo, El manual del
misionero, y leí todo lo referente a la forma de bendecir a los enfermos. Luego, con unos sesenta marineros
alrededor de nosotros contemplándonos con curiosidad, procedí a dar la bendición. Antes de que terminara de
guardar mis cosas, mi compañero dormía placidamente. A la mañana siguiente, se volvió a mí y me dijo:
—Monson, ¡cuánto me alegro de que poseas el sacerdocio!
Futuros misioneros, que nuestro Padre Celestial os bendiga con el deseo de servir, la paciencia para prepararos y
la voluntad para trabajar, para que tanto vosotros como todos los que integran este ejército real del Señor podáis
merecer su promesa:
"Iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón y
mis Ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros" (D. y C. 84:88).
Discurso de la conferencia general, tomado de Liahona, agosto de 1979.
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